
LA MORETTA es una gran FAMILIA integrada por OJOS críticos de lo que hacemos, buscando siempre mejorar, MANOS que buscan realizar nuevos desafíos todo el tiempo, MENTES abiertas que creen que todos es posible y CORAZONES que aman este trabajo profundamente.
Nuestra historia comenzó en el 2008, y fue el destino quien movió las piezas. Mi abuela nos regalaba un viaje a Italia para conocer a nuestra familia. Yo, siempre desafiante, acepté el regalo con una sola condición: que ella viniera conmigo y me los presente.
Fue una revolución familiar. Mi abuela tenía tanto miedo de viajar sola conmigo que mi mamá tuvo que acompañarnos. Ella dudaba, pero una de sus íntimas amigas le dijo: "Estás loca si te perdés una experiencia así con tu mamá y tu hija". Así fue como, tres generaciones de mujeres de sangre véneta nos embarcamos en el viaje de reencontrarnos con nuestros orígenes.
La idea era que "La Noni" pasara su cumpleaños con su hermana, a quien no veía hacía años. Su cumpleaños era el 2 de febrero. El destino quiso que al día siguiente se celebrara el Carnaval de Venecia, a un solo tren de distancia de la casa de la Tía Irma. Yo estudiaba escenografía y la belleza del vestuario y la estética del Carnaval me deslumbraron. De hecho, la primera máscara nació del desafio de incorporar la esencia del vestuario al antifaz y así lograr una sola pieza.

En Venecia no solo vivimos el carnaval, también nos sentimos en casa. Su dialecto Véneto era el mismo que hablaban nuestros abuelos y bisabuelos, oriundos de Trevignano, un pueblo a menos de 40 km del Rialto.
De ahí viene el nombre “La Moretta”: si bien es una histórica máscara veneciana utilizada por mujeres, también es como nos llamaron cariñosamente nuestros abuelos desde niños: “Morett”, “Moretta”... es para ellos nuestro amoroso “negrita”.
Al año siguiente, fui yo quien acompañó a mi hermano a conocer a la familia. Mi mamá y yo ya habíamos hecho nuestra primera máscara para los 15 años de mi prima, y la curiosidad por el oficio me interpelaba. Le pedí a un tío que vivía por la zona si sabía dónde podía especializarme. Él me pasó un email de una casa veneciana en Santa Marta, Venecia.
Escribí en inglés, contando que era argentina y que quería aprender. La respuesta me llegó en español: “Te esperamos”, decía el correo. Me indicaba que contactara a otro chico, que él me iba a enseñar. Firmaba Tito.
Lo que siguió fue pura magia. Andrés también era argentino y estaba alucinado con las sincronías. Resulta que una maravillosa casa veneciana le había enseñado el oficio primero a Tito; Tito le había enseñado a él; y él, finalmente, me enseñó a mí, todos nacidos en Argentina.
Él me explicó cómo mejorar mi técnica y, sabiendo que en Argentina vivíamos un momento difícil de importaciones, me enseñó qué materiales locales usar para que nuestras piezas fueran lo más similares posibles a las venecianas. No quiso cobrarme. Porque las mejores cosas que a uno le pasan en la vida no tienen precio.
Para nosotros, las máscaras nunca significaron el misterio de lo oculto; siempre fueron un emblema de LIBERTAD.
Sentirnos libres en la creación nos llevó a experimentar técnicas, hacer matrices y jugar con los diseños. Pero sobre todo, nos permitió invitar a nuestros clientes a jugar con nosotros: por eso todo lo que hacemos puede personalizarse.
Los invitamos a vivir esta experiencia con nosotros y, sobre todo, ¡a sentirse libres!